12 mayo 2010

Fiesta de las Facultades!!!


Vení a arrancarte el marulo,
después de tanto parcial quema coco.


Damas Gratis toda la noche (al mejor estilo Pablito Lezcano).
Pa` los muchachos gratarola hasta la 1:30hs, después 6 pe!

No seas ortiva, no te quedes estudiando, sino venís, la tenés adentro como Toti Pasma!

05 mayo 2010

Cuando el voluntarismo político conduce al gorilismo

Por Alberto J. Franzoia

Las ideas no se engendran en una burbuja sino que van surgiendo a partir de determinadas condiciones socioeconómicas en un contexto histórico específico; desde ya el proceso es dialéctico por lo se completa con la posibilidad de modificar dicho contexto con algunas de las ideas que a partir del mismo fueron gestadas. En definitiva una conciencia nacional puede surgir en un contexto de dependencia y actuar sobre ella para ponerle fin. Sin embargo los idealistas aún creen en el carácter ahistórico de las ideas, y en desde ese mundo maravilloso que estas pueden gestar tan sólo por su genética genialidad, siguen dando cátedra sin sonrojarse. Quizás por eso la Argentina actual esta colmada de sujetos que con aires de intelectualidad profunda afirman muy sueltos de cuerpo barbaridades semejantes a: “el gobierno de los Kirchner es nazi porque es autoritario”. Un analfabeto en materia política (y en unas cuantas materias más) como el novelista Marcos Aguinis, tranquilamente puede ser el responsable de semejante enunciado, suscripto por políticos opositores y periodistas “independientes”. Pero esta frase no resiste el menor análisis, ya que ignora cuestiones tan elementales como que el nazismo es una respuesta ideológica y política para ciertas condiciones que emergen de una especificidad socio-económicas no presentes en países dominados por el imperialismo y que por lo tanto aún luchan por su liberación nacional. La Alemania de los años treinta sí era terreno propicio para que sectores de las capas medias, apoyados por una gran burguesía nacional con necesidad de control y coerción sobre su proletariado y de expandirse más allá de las fronteras nacionales en busca de nuevos mercados, impulsaran el terrorismo estatal y la guerra. Cosa que un denunciante del holocausto como Aguinis debería saber si quiere honrar la memoria de tantas víctimas de semejante barbarie.

Otros idealistas, compañeros de ruta de Aguinis pero poco amigos de las letras y con una inserción mucho más concreta en la estructura económica argentina, nos dicen desde la Sociedad Rural que nuestro país debe volver a ser la granja del mundo, aunque el mundo ya no sea lo que era hacia fines del siglo XIX y principios de XX, y la población nacional se haya multiplicado de tal manera que si no hay una reinversión productiva en el campo la opción de hierro pasa a ser: exportar mucho o alimentar a la población nativa. Pero ocurre que justamente la clase social que la Rural expresa se ha caracterizado a lo largo de toda su historia por ser una clase parasitaria, mucho más propensa a la especulación que al desarrollo productivo, por lo que la reinversión no integra su horizonte. Y ante esa opción de hierro ya se sabe que las preferencias de nuestros hombres de campo, más allá de discursos con pechos inflamados de patriotismo, se inclinan por exportar y engordar sus bolsillos personales con dólares.

Tanto la oligarquía de la Sociedad Rural, como intelectuales de la clase dominante tipo Aguinis (que obviamente no sólo expresan los intereses concretos de esta corporación sino de la que se manifiesta en el comercio, las finanzas y la industria oligopólica) son la pata derecha del bloque oligárquico-imperialista. Eso resulta cada día más evidente para todo aquel que preste atención a los hechos y no se deje azonzar por lo medios de desinformación. Es más, una mirada atenta cada vez más descubre el rol que realmente desempeñan esos mismos medios oligopólicos y sus muy bien remunerados periodistas “independientes”. Esos que creyeron que podían juzgar a todo mortal sin ser simultáneamente juzgados, y que por lo tanto se manifiestan indignados ante recientes escarches y denuncias de fácil comprobación. 

Lo que no termina de quedar claro para muchos compatriotas es cuál es la función objetiva que desempeñan, aún contra su voluntad, ciertas fracciones de izquierda y de centroizquierda. Ya nos hemos explayado en otro artículo sobre la inconveniencia de utilizar estos conceptos en abstracto, sin anclaje alguno en la especificidad económico-social, política e ideológica de un país que aún lucha por liberarse del imperialismo para constituirse como nación. Afirmamos que en dichas circunstancias no existe una sola izquierda y centroizquierda. Por el contrario cada uno de los bloques que se constituyen en torno a la resolución de la contradicción principal (liberación o dependencia) tiene su propia izquierda y centroizquierda, unas nacionales que luchan por la liberación, y otras antinacionales que favorecen la dependencia. Esto es así porque todo abordaje serio de la práctica humana, tanto individual como colectiva, debe considerar una distinción clara entre la voluntad manifiesta de los protagonistas y las consecuencias objetivas que sus prácticas generan. En cuestiones afectivas sabemos que “hay amores que matan”, y en política hay voluntades transformadoras, y a veces revolucionarias, que solo sirven para reforzar las cadenas de la explotación y la dependencia. 

Esta cuestión tiene vieja data en relación a organizaciones generalmente de escaso peso cuantitativo y cualitativo en la política argentina. Uno de los casos más paradigmáticos al respecto es el Partido Obrero. Las ideas que defiende son tan claras y supuestamente revolucionarias, como inconducentes y ajenas a la experiencia concreta de buena parte de la clase obrera nacional. Tanto que las consecuencias que producen nada tienen que ver con la revolución que dicen defender. De hecho si la liberación de la clase obrera argentina dependiera del desempeño político de este partido, estaría condenada a la explotación eterna en un mercado laboral hasta no hace mucho muy reducido por la acción conjunta de la oligarquía nativa y la burguesía imperialista (tiempos a los que se puede volver si prácticas como las del PO y grupos similares colaboran para debilitar al gobierno). Es decir, la práctica concreta del PO podría llevar a la progresiva desaparición de la clase obrera pero no por la vía revolucionaria sino reaccionaria. 

Distinto es cuando los individuos y las organizaciones que favorecen al bloque oligárquico-imperialista son ex integrantes del bloque nacional-popular. Es el caso de viejos compañeros de ruta como Pino Solanas, Alcira Argumedo o Claudio Lozano. Lo mismo puede decirse de organizaciones como Libres del Sur que hasta hace poco eran mucho más oficialistas que nosotros, al punto de ocupar cargos políticos y cobrar sueldos a los que nunca tuvimos acceso. Este segundo grupo pretende desarrollar un discurso transformador, algunos explicitan su lucha contra la dependencia, y en muchos casos hay una trayectoria que los avala. Deseamos dejar ese punto en claro porque ciertas miserias de la política, que como toda actividad humana no es ajena a las mismas, salen a relucir para descalificar biografías de viejos militantes por errores y horrores actuales. Debe quedar claro entonces que más allá de algunas diferencias tácticas en el pasado, solíamos transitar por la misma acera. Pero, no menos claro debe quedar que hoy no es así, y lo lamentamos muchísimo. 

La voluntad política de ellos y de sus organizaciones se manifiesta en el discurso por la defensa de un proyecto de transformación nacional y popular. Sin embargo, el enemigo principal que han elegido (el kirchnerismo) y los aliados que objetivamente tienen a lo hora de enfrentar a dicho “enemigo” (un heterogéneo gorilaje que va desde el progresismo más lavado e insípido hasta liberales ortodoxos que participaron de los peores momentos de la historia argentina), los coloca en la vereda del bloque oligárquico-imperialista. 

Lo que una mirada desapasionada puede comprobar con sólo limitarse a confrontar discursos (abstractos) con prácticas políticas (concretas), es el enorme desfase existente entre la voluntad de marchar hacia lo nuevo y las consecuencias profundamente reaccionarias que objetivamente engendran con sus desafortunadas tácticas. Aquello de “cuanto peor mejor” solía ser patrimonio de izquierdas cipayas, siempre ajenas al campo nacional y popular latinoamericano, que mucho daño han hecho y aún hoy no escarmientan. Pero la presencia dentro este mapa del desatino nacional de una centroizquierda en otros tiempos compañera de ruta, no deja de ser una muy mala noticia. Nadie que haya desviado su rumbo al punto de coincidir con el peor gorilaje argentino puede aspirar a cambiar nada a favor de los sectores nacionales y populares. 

Es esencial que muchos jóvenes que militan en esos espacios se informen, estudien nuestra historia, vinculen el pasado con la actualidad, descubran reiteraciones en el error y saquen las conclusiones adecuadas. Otros, ya viejos para los horrores en los que incurren a diario, deberán pedir disculpas por el daño causado, porque en su defecto quedarán incorporados definitivamente como la pata progre del bloque oligárquico-imperialista. En ese caso, la historia se encargará de juzgarlos como enemigos de la Patria.

Como señalamos en párrafos anteriores entonces, a veces el desajuste entre teoría y práctica es tan enorme que voluntades de cambio terminan generando condiciones favorables para el avance de los grupos más reaccionarios. Eso ocurre toda vez que no se evalúan correctamente las relaciones de fuerza existentes y los eternos denunciantes se engolosinan haciendo fulbito para la tribuna. Ante esas circunstancias podemos afirmar que en la Argentina actual muchas voluntades que alguna vez pertenecieron al bloque nacional-popular se han cubierto con el peor pelaje del gorilismo. Quizás enuncien correctamente cuál es la contradicción principal (en abstracto) pero no cómo se resuelve (en el nivel concreto), por eso construyen alianzas equivocadas para enfrentar un enemigo imaginario, mientras que al verdadero enemigo lo tienen durmiendo a su lado. 

Constatar lo sostenido pude llevar a muchos compañeros a un ataque indiscriminado contra todo ese sector de la política nacional, lo cual sería un error imperdonable de nuestra parte. Si sólo queremos ganar elecciones (¿alternativamente?) está todo bien, pero si se trata de cambiar la historia, la tarea de quienes asumimos dar la gran batalla cultural es mucho más profunda; consiste no sólo en consolidar lo que ya tenemos, también hay que conquistar nuevas voluntades. Y entre ellas no se debe descartar la recuperación de muchas de aquellas voluntades que hoy se encuentran perdidas. Que esa pérdida sea sólo transitoria depende de ellos, es cierto, pero también de nosotros. Porque esta batalla sólo podremos ganarla, si somos capaces de incluir la mayor cantidad posible de consciencias transformadoras. No es fácil la misión, pero es uno de los grandes desafíos culturales de la hora.

La Plata, 3 de mayo de 2010

Publicado en Cuaderno de la Izquierda Nacional

03 mayo 2010

Del hecho maldito a la “mierda oficialista”

Por Sebastián Artola*

1) La frase de John William Cooke, “El peronismo es el hecho maldito de la política del país burgués”, es una de las definiciones más contundentes y desafiantes de los encendidos años sesenta cuyo eco resuena hasta nuestros días. 

Por la trama de esta expresión, que destila aires sartreanos y gramscianos, se cuela esa operación política sobre las palabras que conocemos como inversión de significado. Es decir, Cooke en un giro habitual del lenguaje político toma y da vuelta la definición del antiperonismo que concebía al peronismo como el mal absoluto de la sociedad argentina.

Al capturar esa imagen del adversario e invertirla positivamente, constituyéndola en emblema de identificación y en condición ontológica productiva, se desvanece la función denigratoria que le atribuía el desprecio rival.

El peronismo será malo, sí, pero para el “país burgués”, porque, como definirá Cooke, representaba “el más alto nivel de conciencia a que llegó la clase trabajadora argentina”, definiendo a la antinomia peronismo-antiperonismo como “la forma concreta que asume la lucha de clases” en el país.

Este movimiento tiene varios ejemplos en la cultura política nacional. Basta con recordar el origen de los términos “descamizados” o “cabecitas negras”, lanzados por la horrorizada mirada antiperonista frente a las columnas de obreros el 17 de octubre de 1945, para ver cómo luego son resignificados por los discursos de Eva Perón, y asumidos como títulos de honor por sus destinatarios.

La palabra mal no era casualidad. Había sido utilizada desde siempre por el pensamiento político de la élite para clasificar lo popular. Desde Sarmiento en el Facundo (1845) con su sentencia “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión”, ubicando a la geografía como la causal de la barbarie montonera, pasando por los estudios de los “males latinoamericanos” del positivismo de fines del siglo XIX, que diagnosticaban las razones del “caudillismo” y la “política criolla” en la hibridación racial producida en esta parte del continente, a diferencia de la virtuosa pureza étnica de la pujante Norteamérica, hasta Ezequiel Martínez Estrada en su ¿Qué es esto?, de 1956, que veía en Perón y en lo que representaba “la mayoría de los males difusos y proteicos que aquejan a mi país desde antes de su nacimiento”.

La invectiva lingüística de Cooke no podía portar mayor politicidad. Si por un lado, desbarataba la descalificació n enemiga, reafirmando la condición de mal del peronismo en la política argentina al trasladarlo también al terreno de las palabras; por el otro, realizaba una inversión de significado histórica que interpelaba al pensamiento liberal todo, desde Sarmiento hasta Martínez Estrada y Borges.

Eran los años en que la batalla cultural e ideológica contra el liberalismo se ganaba por goleada y así lo muestran las prolíficas producciones de la ensayística nacional y el revisionismo histórico en clave peronista, de vasta popularidad y un potencial simbólico con repercusiones políticas inesperadas.



2) La canción de Carlos Barragán, panelista del programa televisivo “6,7,8”, no podemos dejar de asociarla a la expresión cookista del hecho maldito. “Soy la mierda oficialista” se ha constituido por estos días en la consigna de un novedoso momento cultural de la sociedad argentina, tan insospechado meses antes como impredecible respecto a su curso futuro.

La lógica de su elaboración, el sarcasmo y la estructura irónica es la misma. La complementació n entre un sustantivo y un adjetivo de condición peyorativa en boca del espacio antagónico que son asumidos orgullosamente, a través de un gesto tan burlón como incisivo.

De este modo, “la mierda oficialista” se constituyó en el slogan identitario que una considerable franja social asumió en su intervención en el debate público y en las masivas concentraciones que se realizaron en distintas ciudades del país, desafiando la feroz campaña mediático-polí tica de estigmatizació n del gobierno oficial que hizo de una letra - la “K” – el símbolo de la negatividad de la política presente.

Por otra parte, fue la marca del pasaje de una adhesión al proyecto de gobierno más bien pasiva, preocupada, silenciosa o aislada para constituirse en un colectivo de participación, creativo, alegre y pleno de convicciones.

Sin dudas, el debate del año pasado alrededor de la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual dejó huellas en el sentido común social que acabaron revelándose con intensidad por estas semanas a modo de reacción ante el discurso de los medios hegemónicos que, puesta en duda tal posición en el mercado, vulgarizaron de tal modo la construcción de la información que los llevó a mostrar su rostro e intereses como nunca antes desde el retorno a la democracia.

Estos novedosos registros de la actualidad nacional ponen sobre la mesa un dato cada vez más palpable y de impredecible consecuencia en la política inmediata y mediata: el quiebre de la hegemonía del discurso mediático dominante.

La política argentina desde la claudicación alfonsinista ante las sublevaciones militares de 1987, que va a marcar la frustración de una democracia más plena en el país, había entrado en un curso de progresiva captura a manos de los grandes medios de comunicación privados. Los ’90 menemistas y la brevísima experiencia de la Alianza antimenemista pero neoliberal también, expresan el punto más alto de la mediatización de la política y su subordinación a los mandatos de las corporaciones económicas.

Si el gobierno, desde el 2003, viene haciendo visible esta cuerda decisiva para las posibilidades democráticas presentes y futuras, hoy - y por primera vez – ha logrado cobrar cuerpo en un movimiento social que encuentra su fuente en varias aguas. Desde Carta Abierta y su forjista batalla en soledad durante el conflicto con las patronales rurales y los poderes mediáticos, pasando por la Coalición por una Radiodifusión Democrática, hasta el programa “6,7,8”, constituido en la trinchera televisiva contra el discurso único mediático.

Este nuevo clima nos formula poderosas y alentadoras expectativas:

Por un lado, un nuevo activismo democratizante de sectores medios, con no menor participación juvenil, que interpela a la franja media toda en sus diversas gamas y busca resituar su ligazón con los debates públicos, en alianza con los sectores populares, ecuación social de todo proyecto político popular.

Por el otro, la emergencia de un relato que fisura el dominante, haciendo pie en el sentido común social y emparejando la hasta ahora desfavorable pulseada cultural por los discursos y las palabras, sobre la base de desnudar las invisibilizadas relaciones entre política, medios, democracia y poder económico, lo que da cuenta del reverdecer de una conciencia pública y democrática.

Por último, el desafío con chances del gobierno de reconstituir su base social ante un cambio de escenario, en el que juegan los mencionados impulsos participativos, el acierto en las propias decisiones políticas como la muestra fáctica de lo que es capaz de hacer la oposición con una cuotita de poder más, que alertó hasta a sus propios votantes.

Ahora bien, para ganar aire el favor ajeno alcanza pero para ganar una elección nacional son los aciertos propios lo que pueden crear ese escenario posible.

Iniciativas públicas que delimiten con precisión ideológica la cancha política parece ser el mejor esquema para el gobierno. Agreguemos: cada vez que salió bien fue porque contó con la condición de ser una demanda con un respaldo discursivo sólido y un grado de movilización social a su alrededor muy superior a la de aquellos sectores que se opusieron. Lo inverso llevó a la derrota.

Y algo más para finalizar: oportunidades de recomposición como la que atravesamos no se presentan dos veces. A su vez, para el año bisagra de este ciclo político - el 2011 - tampoco resta tanto. De ahí la tarea imperiosa de multiplicar esta nueva ciudadanía democrática y militante que se ha lanzado de lleno a protagonizar el debate público. Con la marca épica y utópica propia de la puja que se libra en un año donde se cumplen 200 desde nuestro primer grito de emancipación. Debemos creer en nosotros mismos, pues, como decía Scalabrini Ortiz, allí anida “la magia de la vida”. Porque si ganamos esta batalla cultural por la redistribució n de la palabra podremos decir que ahora sí estamos en condiciones de transitar otro horizonte para la democracia argentina.

Rosario, Mayo de 2010

*Licenciado en Ciencia Política. Profesor de Proyectos Políticos Argentinos y Latinoamericanos de la UNR.

www.encuentroproyectonacional.blogspot.com


02 mayo 2010

Tarde, pero seguro... Feliz día cumpas!

Queridos compañeros:

Un nuevo Primero de Mayo nos encuentra reunidos a los que luchamos por hacer de nuestra hermosa tierra argentina una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.

Desfilan por nuestra imaginación y por nuestro recuerdo los días vividos a través de las etapas reivindicatorias de la Patria que comenzaron en junio de 1943.

Primero, las reformas que fueron como la iniciación y la siembra de la simiente que había de cristalizar y florecer a lo largo de la trabajo y sudor argentino.

Después, el gobierno, nuestro gobierno, el gobierno del pueblo, el gobierno de los descamisados, el gobierno de los pobres, de los que tienen hambre y sed de justicia. Por eso, en esta plaza, la histórica, Plaza de Mayo de todas nuestras epopeyas, han latido al unísono amalgamados en un solo haz todos los corazones humildes que por ser humildes son honrados, son leales y son sinceros.

Después, la Constitución; la Constitución justicialista, que ha hecho de la tierra argentina una Patria sin privilegios y sin escarnios; que ha hecho del pueblo argentino un pueblo unido, un pueblo que sirve al ideal de una nueva Argentina, como no la han servido jamás en nuestra historia.

Esas tres etapas vividas por el pueblo argentino: la reforma, el gobierno y la constitución argentina, nos han dado un estado de justicia y un estado de dignidad y nosotros los transformaremos en un estado de trabajo.

Se ha dicho que sin libertad no puede haber justicia social, y yo respondo que sin justicia social no puede haber libertad. Ustedes, compañeros, ha vivido la larga etapa de la tan mentada libertad de la oligarquía; y yo les pregunto, compañeros: si había antes libertad o la hay ahora. A los que afirman que hay libertad en los pueblos donde el trabajador está explotado, yo les contesto con las palabras de nuestros trabajadores: una hermosa libertad, la de morirse de hambre.

Y a los que nos acusan de dictadores, he de decirles que la peor de todas las dictaduras es la de la fatua incapacidad de los gobernantes.

Pero compañeros, cumplidas esas etapas, asegurada para los trabajadores argentinos la justicia social, y asegurada para el pueblo argentina la igualdad ante la Constitución y ante la ley, recordemos que nosotros, los gobernantes, ya hemos hecho todo lo que podíamos hacer para consolidar ese estado de cosas largamente ambicionado.

La palabra, ahora, es del pueblo argentino. El debe mantener esa Constitución y hacerla cumplir, y guay del que intente atravesarse por los caminos de la obstrucción en la voluntad del pueblo.

Vuelvo en este primero de mayo frente a los trabajadores argentinos, encontrándome en la posición más confortable en que puede estar un gobernante, cuya síntesis puede afirmarse al decir: he sido leal con mi pueblo y, Dios sea loado, mi pueblo a sido leal conmigo. Y al afirmar una vez más esta lealtad y esta sinceridad entre el gobierno de los trabajadores y el pueblo argentino, quiero recordar lo que tantas veces les he dicho desde la vieja Secretaría de Trabajo y Previsión: "Seamos unidos, porque estando nosotros unidos, somos invencibles, que la política no divida a los Sindicatos ni ponga a unos contra otros porque, el interés de todos es la causa gremial de los trabajadores por sobre todas las cosas. Para terminar, quiero que llegue a cada uno de los compañeros de los tres millones de kilómetros cuadrados de nuestra Patria, la persuasión absoluta de que el gobierno de los trabajadores que tengo el honor de encabezar, ha de seguir imperturbable, paso a paso el cumplimiento de todo su plan. Pueden tener la seguridad de que no hemos de descansar un minuto y que, con la ayuda de ustedes, que son los encargados de crear la grandeza y la riqueza de la Patria, organizaremos una perfecta justicia distributiva para que el pueblo sea cada vez más feliz y nuestra Patria más grande y más poderosa.

Compañeros: a solicitud de los jóvenes que encabezan esta concentración he de acceder a un pedido y he de hacer, a mi vez; otro pedido a los trabajadores".

(La muchedumbre grita: "Mañana es San Perón").

Estoy de acuerdo, mañana es San Perón.

"Ahora mi pedido: debemos reconquistar el tiempo que perdemos en las fiestas produciendo más. Y espero, compañeros, que antes de fin de año, controlando a los saboteadores, a las organizaciones patronales y poniendo cada uno la firme decisión de producir, podemos sobrepasar ese diez por ciento en que estamos por debajo de la producción en los actuales momentos. Y ahora, compañeros, agradeciéndoles esta maravillosa concentración de hombres y de voluntades, agradeciéndoles todo el empeño patriótico que ustedes ponen en sus labores y en sus realizaciones, vamos a dar lugar a que los trabajadores puedan enorgullecerse viendo aparecer las flores de la belleza argentina para coronar a la Reina del Trabajo.

Finalmente, compañeros, en este Primero de Mayo jubiloso en nuestra tierra, jubiloso para el pueblo argentino, les deseo a todos ustedes las mayores felicidades y las mayores alegrías en esta vida del rudo batallar diario".



1º de mayo de 1949. Mensaje del presidente Perón

28 abril 2010

Los relatos del miedo y la crispación

Por Ricardo Forster*

1 No deja de ser llamativo el modo como se sobreexpone lo que recurrentemente desde ciertos grupos comunicacionales se denomina la “crispación”. Se lo hace focalizándola con exclusividad en lo que dice o deja de decir el Gobierno. Es el oficialismo, según esta visión parcial e interesada, el portador del virus de la violencia verbal e icónica que hoy se despliega por el país acechando la vida del conjunto de la sociedad. La radicalidad del mal está entre nosotros y su lugar de enunciación no es otro que el maléfico kirchnerismo. Toda relación con él supone, a los ojos de ciertos medios de comunicación y de ciertos políticos opositores muy propensos al uso de metáforas escatológicas y a adjetivar estomacalmente con palabras escabrosas y siempre denigratorias, quedar irremediablemente contaminado por el veneno que emana de quienes han llegado para instalar entre nosotros una suerte de dictadura (no deja de ser llamativo el uso espurio y prostibulario que se le da a una experiencia tan brutal y criminal para la memoria colectiva como lo ha sido la dictadura genocida para calificar a un gobierno democrático).

Cualquiera que ose utilizar argumentos en sintonía favorable con mucho de lo realizado en estos años cae inmediatamente bajo la sospecha de “la caja” (¿cuánto le pagan para escribir o decir lo que no debe ser escrito ni dicho sin caer en la peor de las corrupciones espirituales?), de ser un cómplice del autoritarismo y de estar al servicio de los intereses más oscuros y ruines. Lo llamativo, tal vez lo insólito, es que aquellos que esgrimen estos argumentos sofisticados siempre aclaran que la crispación y la violencia verbal provienen de los “rabiosos” kirchneristas o de sus intelectuales “a sueldo”. Basura retórica que siempre elude discutir lo que deberíamos discutir con libertad y altura argumentativa: ¿qué país desean? ¿Qué modelo de sociedad y de Estado defienden? ¿Qué piensan de la distribución más equitativa de la riqueza y de la apropiación de rentas extraordinarias? ¿Qué políticas económicas están dispuestos a implementar para “salvar a la República” del populismo? ¿Qué política de derechos humanos piensan sostener y qué piensan de los juicios contra los militares genocidas? ¿Qué piensan de jueces procesistas que impiden la aplicación de la ley de medios manteniendo, de ese modo, la heredada de la dictadura? ¿Cómo lograrán, si asumen una posición progresista, tocar los intereses de las corporaciones económicas sin “crispar” al establishment y sin poder recorrer, como lo hacen ahora a destajo, los programas de televisión que suelen representar esos intereses? Silencio. Después, claro, agresiones verbales de todo tipo que, eso sí, son virtuosas y virginales de acuerdo al parámetro de los grandes medios de comunicación. Lilita Carrió, Pino Solanas y Gerardo Morales, para citar apenas a estos tres referentes que circulan masivamente por el éter mediático, son maestros en el uso de metáforas catastrofistas y lapidadoras de cualquier acción oficialista sin que a sus interlocutores, siempre preocupados por la “crispación gubernamental”, se les ocurra señalar la sobredosis de violencia y de desprecio que emanan de tan ilustres retóricos del republicanismo argentino.

Todas las baterías se descargan para convencer a la opinión pública de que estamos delante de quienes buscan reducir la democracia a una suerte de monarquía patagónica al mismo tiempo que vacían las instituciones y hacen proliferar una lógica cada vez más autoritaria y corrupta. Vivimos, según estos cronistas del Apocalipsis, en la antesala del infierno signado por la influencia del chavismo, para los que se colocan en la derecha, o de la impostura neomenemista para los que se ponen supuestamente a la izquierda, y Argentina sería una suerte de caldera que acumula vapores y que está pronta para estallar. Su deseo manifiesto se inscribe en esta visión del fin del mundo que se asocia con “una rebelión cívica” que nos libere de la maldad congénita del matrimonio presidencial.

No importa comprobar que la mayoría abrumadora de los medios de comunicación está en manos de empresas que buscan horadar y deslegitimar al Gobierno; tampoco importa que el Congreso de la Nación funcione con una mayoría opositora que no tiene inconvenientes en transgredir el texto de la Constitución de acuerdo con sus necesidades y que desde el Poder Judicial se ejerza, como pocas veces se recuerda en la historia contemporánea, una acción independiente y, en muchos casos, claramente opuesta a las decisiones del Poder Ejecutivo; menos importa todavía que hayan sido primero el gobierno de Néstor Kirchner y ahora el de Cristina Fernández los que desterraron de plazas y calles del país la inclinación siempre represiva del establishment de turno y de las fuerzas policiales impidiendo, desde hace años, que cualquier protesta social sea reprimida. Todo eso no es suficiente a la hora de construir un relato inverosímil que habla de una Argentina atravesada por “el miedo”, “la censura” y la “crispación oficialista”. Bastan unos afiches sin firma con los rostros de algunos periodistas para hablar de persecución y de impunidad.

2 La palabra se repite y se repite desde las pantallas, desde las radios y desde la gráfica: “miedo”. Lo dice una senadora formoseña que en sus piruetas acaba de presentar una propuesta de modificación de la ley de servicios audiovisuales que nos retrotrae al espíritu de aquella que fue derogada y que huele a defensa de los monopolios y a neoliberalismo (pero a ningún periodista de esos que fijan opinión se le ocurre hablar de borocotización de la senadora que, viniendo del Frente para la Victoria, salta sin prejuicios hacia la oposición). Lo dice la anfitriona televisiva bien apoltronada en su eterna mesa de almuerzos pluralistas desde siempre imbuidos y atravesados por el “fervor democrático” (record de quien ha podido seguir almorzando con entera libertad bajo todos los gobiernos, dictatoriales y democráticos). Lo repiten algunos periodistas que parecen disfrutar de ese extraño lugar de víctimas en el que han sido colocados por unos afiches sin firma y por una lógica del escrache que no resiste el menor análisis y que constituye una herramienta nada democrática y utilizable para lo peor. Lo dicen y lo vuelven a repetir con ánimo de ofrecer una imagen de país atemorizado y gobernado por violentos y corruptos dispuestos a desnutrir democracia e instituciones con tal de “perpetuarse en el poder”.

Cada semana una descarga de artillería pesada cae sobre los argentinos abriendo cráteres que buscan producir un efecto de crisis e ingobernabilidad o mostrando una escena cotidiana en la que la violencia discursiva del oficialismo amenaza con volverse violencia física. “Crispación”, “autoritarismo”, “dictadura”, “impunidad institucional”, “violencia”, “fascismo”, “manipulación y censura”, “corrupción escandalosa” son las palabras más pronunciadas por la oposición política y mediática; su traducción a sentido común es obvia y brutal: vivimos en una democracia simulada que esconde un proceso autoritario y cuasi dictatorial en el que vida y bienes están amenazados por la impunidad de los Kirchner. Sacar las conclusiones también es de sentido común: defender la democracia contra sus sepultureros, ese parece ser el grito de guerra de los retóricos del miedo.

Lo dice con total impunidad e impudicia la revista Noticias que no tiene ningún inconveniente en caricaturizar a Néstor Kirchner con la figura de Adolf Hitler y de hablar de “fachosprogresistas” como un modo de inhabilitar a quienes no piensan como ellos. Lo dicen apelando al amarillismo más vergonzoso y a la ignorancia de quienes ni siquiera se toman la molestia de reflexionar lo que están escribiendo o de preocuparse por averiguar lo que supuestamente denuncian. Para ellos, citar a Carl Schmitt, jurista de derecha, católico y compañero de ruta del nacionalsocialismo en los años ’30, supone ser neonazi o algo por el estilo (ilustres escritores, ensayistas, políticos y filósofos del siglo XX quedarían inmediatamente bajo esa sospecha: entre nosotros podría citar a Pancho Aricó, fundador del grupo Pasado y Presente y uno de los más refinados intelectuales de la izquierda, que editó y prologó un libro del jurista alemán; o a Jorge Dotti, profesor de filosofía moderna, autor de un voluminoso y erudito libro sobre la recepción de Carl Schmitt en Argentina y él mismo un confeso admirador del jurista sin por eso abandonar sus perspectivas democráticas; lo han citado liberales, conservadores y marxistas, de la misma manera que Jacques Derrida le dedicó un libro, Políticas de la amistad, para analizar sus ideas, o, más lejos en el tiempo, el filósofo judeo-alemán Walter Benjamin elogió sus escritos tempranos como un material sin el cual él no hubiera podido avanzar en sus reflexiones sobre la modernidad, la violencia y la soberanía y, muy cerca nuestro, el filósofo italiano Giorgio Agamben no ha dejado de citarlo para intentar pensar el “estado de excepción” y la problemática del poder).

Para la revista Noticias, Chantal Mouffé, quien retoma algunos rasgos de la concepción schmittiana de la pareja “amigo-enemigo”, cae dentro de la clasificación de “fachoprogresista” y, por derivación directa, también lo hace Cristina Fernández que ha tenido la osadía de citar En torno a lo político, libro maldito en el que la autora, compañera de Ernesto Laclau, se detiene en el pensamiento schmittiano como una estrategia argumentativa que busca pensar críticamente la dimensión contemporánea de lo político destacando los límites de los discursos consensualistas y neutralizadores de matriz liberal y socialdemocrática, discursos que han sido funcionales, según Mouffé, al capitalismo neoliberal. ¿Qué decir de la operación de Noticias? ¿Acaso aquellos que se rasgan las vestiduras para defender a los “periodistas independientes” dicen algo de esta impudicia que vacía de todo contenido al propio nazismo? ¿No hay violencia y crispación en esa lógica de la calumnia que acusa de cómplices del peor y más cruel régimen de opresión del siglo XX a quienes tuvieron el atrevimiento de pensar de otro modo la problemática del conflicto en el interior de las sociedades democráticas? Más allá de la provocación, lo que muestran algunos periodistas es el crudo analfabetismo con el que suelen construir sus “investigaciones”. Para ellos leer es un trabajo descomunal. Más sencillo es repetir una y otra vez que estamos viviendo bajo un régimen antidemocrático que avanza hacia el fascismo. Así de simple y salvaje, así de pacífica, consensualista y virtuosa es la retórica de quienes anuncian a los cuatro vientos que la violencia y el miedo se han instalado en la Argentina de la mano de la voluntad autoritaria y omnipotente de los Kirchner. Cada quien sabrá sacar sus conclusiones y sabrá comprender qué se guarda bajo la retórica del miedo y bajo la impunidad argumentativa. Mientras tanto, cuidado con banalizar el sufrimiento de las víctimas reales de la historia; el límite de lo que no debe ni puede trivializarse termina cuando se enseñorea la impudicia, esa que intenta instalar nuevamente el miedo entre nosotros.

* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA y la UNC.

21 abril 2010

CONSTRUYENDO MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA

Primera noche en una cárcel común

El último presidente de la dictadura militar, el ex general Reynaldo Bignone, fue condenado como coautor de medio centenar de privaciones ilegales de la libertad y torturas, cometidas en Campo de Mayo en 1977.



Por Diego Martínez

A los 82 años, luego de tres décadas impune, el último dictador pasó su primera noche en una cárcel común, condenado por crímenes de lesa humanidad. El Tribunal Oral Federal 1 de San Martín consideró a Reynaldo Bignone coautor de medio centenar de privaciones ilegales de la libertad y torturas, cometidas por sus subordinados de Campo de Mayo en 1977, cuando era jefe del Estado Mayor del Comando de Institutos Militares. Lo sentenció a veinticinco años de prisión, igual que a Santiago Riveros y a Fernando Verplaetsen. También fueron condenados los generales Eugenio Guañabens Perelló y Jorge García y el coronel Carlos Alberto Tepedino, en tanto fue absuelto el comisario Germán Montenegro. Las cuatrocientas personas que durante horas y en absoluto silencio mantuvieron en alto las fotos de sus seres queridos desaparecidos estallaron en un aplauso cuando la jueza Marta Milloc leyó que se revocaban los arrestos domiciliarios.

Lejos del oscurantismo que durante años caracterizó a los procesos en Comodoro Py, el tribunal de San Martín, que también integran Héctor Sagretti y Daniel Cisneros, ratificó que es posible juzgar a los mayores criminales de la historia argentina a la vista de la sociedad, respetando las garantías e incluso absolviendo a un imputado sin que vuele una mosca. Riveros & Cía. reivindicaron por la mañana su actuación durante la dictadura (ver aparte), pero prefirieron escuchar la sentencia desde un salón aledaño. También se ausentó el defensor oficial Carlos Palermo, que insultó a familiares de víctimas luego de que le gritaran “cobarde” por pedir autorización para no escuchar el fallo. Además del público que colmó la sociedad de fomento José Hernández y los que siguieron la audiencia desde la calle, diecisiete cámaras de televisión llevaron al mundo las imágenes de la sentencia.

Presidente de facto tras la aventura de Malvinas, Bignone había quedado en la historia luego de colocarle la banda presidencial a Raúl Alfonsín. También se conoce su orden de incinerar los archivos de las Fuerzas Armadas para borrar las pruebas del terrorismo de Estado, decisión que aún rinde frutos. Menos pública era hasta ayer su actuación en 1977 en el Comando de Institutos Militares (CIM), organismo del que dependían los cuatro centros clandestinos que funcionaron en Campo de Mayo, por los que se estima pasaron cinco mil personas. El tribunal de San Martín condenó al dictador por once allanamientos ilegales, seis robos, cuarenta y cuatro secuestros y treinta y ocho tormentos. Gracias al método de la represión argentina de desaparición de personas, seguirá impune por los homicidios.

Las penas más altas, tal lo requerido por las querellas y los fiscales Javier De Luca, Juan Patricio Murray y Marcelo García Berro, abarcaron también a Riveros, ex jefe del CIM y de la zona militar VI, y a Verplaetsen, su jefe de Inteligencia, ambos condenados el año pasado por el asesinato de Floreal Avellaneda. Riveros se impuso en términos cuantitativos: quince allanamientos ilegales, siete robos, sesenta y un secuestros y cincuenta y cuatro tormentos. Milloc leyó uno a uno los nombres de sus víctimas.

A veinte años de prisión condenaron al coronel Tepedino, ex jefe de inteligencia interior de la SIDE entre 1975 y 1977 y del Batallón de Inteligencia 601 en los dos años siguientes. Tepedino vivió hasta ayer en un tercer piso de Donato Alvarez 562, donde Página/12 lo retrató en 2003 mientras violaba su arresto domiciliario. Dieciocho años de pena le corresponden al general García, ex director del Colegio Militar de la Nación, y diecisiete a Guañabens Perelló, ex director de la Escuela para Apoyo en Combate General Lemos. El policía Montenegro, absuelto de culpa y cargo, fue jefe de la comisaría de Bella Vista. El tribunal resolvió “por mayoría” que se revoquen los arrestos domiciliarios y le encomendó al juez federal Juan Manuel Yalj, que instruye la megacausa Campo de Mayo, “la pronta elevación a juicio” y “la necesaria unificación” de casos “para evitar dispendio de recursos y trastornos para víctimas e imputados”.

“Mi viejo estaría muy contento porque se hizo justicia por tantos compañeros”, admitió Francisco Scarpatti, hijo del sobreviviente que denunció ante el mundo las atrocidades en Campo de Mayo y murió sin llegar a ver las condenas. “Cacho hizo todo, hasta el final de su vida, para que estos tipos terminaran presos”, agregó orgulloso Francisco, nacido en el exilio, mientras sus compañeros del Movimiento 26 de Julio le rendían homenaje al “Comandante Scarpatti” por “su historia y su ejemplo”.

“Estamos contentos, tenemos que revisar las absoluciones. Obviamente nos agravia la absolución de Montenegro”, reflexionó sobrio el fiscal Murray. “Lo más importante es que un símbolo de la impunidad va por primera vez a la cárcel”, afirmó el abogado y periodista Pablo Llonto. “Bignone fue el presidente de facto que ordenó quemar los archivos de las Fuerzas Armadas, que impulsó la autoamnistía para los militares, y gracias a Alfonsín fue excluido del Juicio a las Juntas. Por lo menos va a pasar un rato en la cárcel”, destacó Llonto, mientras los pibes de HIJOS coreaban su nombre.

Francisco Madariaga Quintela, que recuperó su identidad hace dos meses, escuchó ayer una y otra vez el nombre de su mamá Silvia entre las víctimas por quienes se hizo justicia. “Tengo una mezcla de sentimientos”, dijo. “Estoy emocionado, es la mínima pena que merecen, pero también siento bronca y tristeza porque no la puedo tener conmigo”, explicó. “Estoy procesando todo. Pasa el tiempo y te chocan mucho más las historias. Lo importante hoy es que se hizo justicia por ella”, rescató con los ojos llorosos.



Página 12 21/04/10